Mucho antes de 2015 Sangiovanni Lorenzo se había hecho realidad, pero no en forma de proyecto empresarial, sino de un proyecto familiar sólido en el que el amor y la pasión siempre han sido el motor de todo

Ni las dudas, ni las crisis, ni la emigración. Nada ha podido con esta familia gallego-uruguaya que se ha mantenido unida cuando la vida les ha dado algún que otro palo, y que disfruta ahora desde su hogar en Santiago de Compostela de los frutos de años de esfuerzo, sacrificio y dedicación.

Cualquiera podría decir que el trabajo está hecho, pero para los Sangiovanni Lorenzo esto apenas acaba de empezar.

Y es que desde que Joaquín, el pequeño de la familia, hacía de ayudante de su abuelo cuando tenía 5 o 6 años hasta que se decidió a estudiar carpintería en el Politécnico de Santiago pasó un abrir y cerrar de ojos. Y desde esa experiencia en el politécnico hasta trabajar para los mejores chefs y restaurantes del mundo, otro.

Entre medias, toda una demostración de unión y fuerza. La de una familia que, paso a paso, fue escribiendo su propia historia. Como cuenta Joaquín, “tengo el recuerdo de llegar de trabajar, preparar el mate con mis padres y salir a caminar, a dar una vuelta, y proyectar la empresa que queríamos conformar y cómo la visualizábamos en ese momento”. Era una etapa en la que Joaquín estaba trabajando en una tienda de deportes, su padre como camarero en una cafetería del centro y su madre limpiando hogares. Su otro hermano, Agustín, que recientemente ha sido seleccionado por el Basque Culinary Center entre los 100 Talentos de la Gastronomía, estaba trabajando en Barcelona.

Joaquín Sangiovanni dando forma a una de las piezas en el taller de Sangiovanni Lorenzo en Santiago de Compostela

Del talento de los 4 nació la cooperativa familiar como una apuesta donde todos están al mismo nivel empresarial porque, como cuenta Joaquín, los progenitores “tuvieron la valentía de correr riesgos juntos y la humildad de ponernos a la par, tanto a mí como después a mi hermano cuando entró, y eso dice mucho de ellos”, cuando “lo normal hubiera sido, como suele ser” que sus padres hubieran dicho “tenemos una empresa, nosotros la manejamos como queremos y ya la heredarás, y después haces tú lo que quieres”.

Pero no fue así, y los 4 miembros de la familia son socios a partes iguales y aportan cada uno sus conocimientos a la cooperativa. Agustín se encarga de la imagen y las redes sociales, Fernando del diseño y el contacto con los clientes, Isabel de la parte de la administración de la empresa y Joaquín dirige el taller. “La familia en el proyecto para mí es todo. El poder compartir diariamente con las personas que más quieres y estar todos los días al lado de ellos es algo muy gratificante y que no hay con qué pagarme”, confiesa Joaquín.

Pero sí hay con qué pagarle, y no precisamente con dinero o con conocimientos empresariales, que también, sino con los valores que sus padres les están dejando “del trato con las personas, el trato sobre todo humano” que, para Joaquín, “es la mejor herencia que le pueden dejar unos padres a unos hijos”.

Bocetos de algunas de las futuras piezas que se formarán parte del catálogo de Sangiovanni Lorenzo

Cuando Joaquín empezó a estudiar carpintería “por un tema de buscar una salida laboral” seguramente no se imaginaba todo lo que esta profesión le podría dar. De hecho, lo que es Sangiovanni Lorenzo hoy es un poco fruto de la casualidad. “Cuando empezamos con el proyecto empezamos a trabajar la madera porque fue lo que el Politécnico de Santiago me había brindado, de lo que tenía el conocimiento y poco a poco, investigando e informándome, tratando de buscar soluciones, tratando de mejorar, fue como me fui apasionando y me empezó a gustar cada vez más la madera”. Y es que cuando empezó, Agustín tenía en la cabeza ser luthier, pero “me dijeron ‘hay que saber más de música que de carpintería’ y dije ‘bueno’», nos cuenta y sonríe mientras lo recuerda.

Fue en la alta gastronomía donde encontraron su lugar y donde trabajan “con los cocineros más vanguardistas, que es un público que valora estéticamente, que está dispuesto a pagar, a hacer un esfuerzo para tener esas piezas en la mesa”.

Una anécdota es el mejor ejemplo de la lucha incansable de Joaquín y su familia. Él, que siempre tuvo especial admiración por David Muñoz desde que empezaron a trabajar con la gastronomía, recibió un encargo de cincuenta cuencos. Dos días antes su único compañero de taller, “que llevaba prácticamente todo lo que era de torno y yo todo lo que era la parte de ebanistería”, decide irse de la empresa. Joaquín, que “había tocado el torno literalmente tres días” se puso manos a la obra y “a base de empeño y de la ilusión que me hacía ese encargo” logró sacar el pedido adelante y puede decir con orgullo que “a día de hoy, varios años después, nosotros seguimos trabajando con ellos y tenemos piezas en todos sus restaurantes”.

El taller de Sangiovanni Lorenzo en Santiago de Compostela, el lugar de donde salen las piezas que brillarán en los mejores restaurantes del mundo

De todo aquel proceso del que Joaquín saca una clara enseñanza “de que con el querer hacer y el querer aprender, se puede” y la satisfacción de que “cuando das el cien por cien al final del día” y ves que lo hiciste lo mejor que podías, consigues llegar “a lugares a los que nunca habías soñado”.

Preguntado sobre el futuro, Joaquín recurre a Eduardo Galeano y su relato sobre la utopía, en el que decía “si yo camino diez pasos, la utopía se aleja diez pasos, y si yo me alejo veinte pasos, la utopía está veinte pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve? Para caminar. Y yo creo que eso es lo que nosotros hacemos, buscar una utópica excelencia a la que seguramente nunca lleguemos, pero se trata de caminar en esa dirección”. 

Desde woodiswood seguiremos siguiéndoles la pista y caminando a su lado como hacemos con otros proyectos tan fascinantes como el de Sangiovanni Lorenzo.

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