Sangiovanni Lorenzo puede parecer una empresa familiar, una pequeña cooperativa, un taller artesanal, un negocio que trabaja con la madera y un proyecto centrado en la alta gastronomía y el interiorismo, pero es mucho más.
Corría el año 2002 cuando una fuerte crisis azotaba Uruguay, el país de procedencia de Fernando Sangiovanni. Él, junto a su mujer y sus hijos, se debatían entre emigrar a Canadá, un país desconocido donde desde hacía años su hermana se había asentado y formado una familia, o dirigirse al otro extremo del mundo, a Galicia, un lugar también desconocido, pero donde su esposa Isabel tenía sus raíces. Ella había nacido en Carballo, provincia de A Coruña, pero todavía siendo una bebé se había mudado a Uruguay.
Ahora, mientras se debatían entre emprender el camino de vuelta acompañados de toda la familia o tomar la dirección opuesta, como si de un capricho del destino se tratara “en un canal de televisión, canal 12, hacían los programas que llamaban los viajes del 12. En eso se dio lo que fue Santiago de Compostela y estudié mucho sobre lo que significaba Santiago de Compostela, no solamente su historia, sino su arquitectura, la parte popular y todo eso. Y fue que nos encantó”. Estas palabras de Fernando 23 años después de haber tomado la decisión de su vida son las de un hombre encantado con su ciudad de acogida. “Yo no soy nacionalista, soy picheleiro. Es decir, amo Santiago de Compostela. A pesar de muchas cosas que pasan diariamente, soy un enamorado de Santiago de Compostela”.
Podría parecer, por sus palabras, que hasta aquí ha sido un camino de rosas, pero ni mucho menos. Entre su llegada a Galicia y el lugar que ocupa ahora su proyecto familiar como referente para la alta gastronomía han pasado muchas cosas. Entre ellas 11 años trabajando de camarero en la Rúa do Franco que, para quién no conozca Compostela, es donde se concentra gran parte de la oferta gastronómica del casco histórico. Un auténtico hervidero de turistas, peregrinos y gente local.

Pasado ese tiempo, “queríamos armar una pequeña cooperativa para trabajar la madera”. Dicho y hecho. Él, su mujer y sus tres hijos dieron forma al proyecto. “Estábamos todos implicados, las cinco personas en el mismo proyecto. Es una forma de caminar y de fortalecerse y saber quién se tiene al lado, de confiar y buscar que cada uno pueda desarrollarse en lo que más le gusta”. Con el paso del tiempo son 4 los componentes de la familia los que permanecen en el proyecto: Joaquín en el taller, Agustín en la parte de comunicación, Isabel en la administración y Fernando en el diseño y la gestión de los clientes. Todos salvo su hija, que a día de hoy es funcionaria.
En sus inicios se dedicaban a hacer juguetes de madera, pequeñas piezas, percheros, tablas para cocina, cuadros con maderas recicladas… hasta que en 2017, quizá otra vez fruto del destino, en un encuentro entre artesanos y chefs en Galicia comenzaron a ver las necesidades que tenían los cocineros y las posibilidades que esto traía para su taller. Al principio, “ellos querían algo para meter una salsa que tuviera una curvatura y nosotros, como solamente teníamos una sierra, decíamos que nuestro trabajo era minimalista, que solamente líneas rectas” cuando, la verdad era “que no teníamos nada para hacer”, recuerda Fernando entre risas.

A partir de ahí, experimentación y trabajo incasable hasta que llegó el primer gran encargo. Del gran Javier Olleros. Del gran Culler de Pau. Una pequeña cuchara de madera. “Nos pidió una cuchara y nosotros pensamos que iba a ser fácil”. Al final fueron seis meses. “Fue una gran formación, un máster para lo que es trabajar con estrellas Michelín”.
Y de ahí a comerse el mundo, nunca mejor dicho. Más de 150 son los restaurantes con Estrella en los que el trabajo de Sangiovanni Lorenzo está presente. De O Grove a Rentería (Mugaritz fue su segundo gran encargo y su segundo sueño cumplido) y de ahí a lugares tan lejanos como Chipre, Polonia, Hong Kong o Nueva York. Hasta volver a España y fabricar unas piezas especiales encargadas por Dabiz Muñoz para celebrar su elección como mejor cocinero del mundo por cuarto año consecutivo.
Proyecto tras proyecto, el mundo de la alta gastronomía les ha empujado a buscar “nuevas formas, nuevas texturas y lanzarnos hacia algo más más profundo. Hemos probado a tallar con piedras buscando resultados, buscando diferentes formas. En esa búsqueda continua hay algo que es producto muchas veces de la ignorancia. No tenemos límites. Eso es lo que nos permite avanzar”.
En ese avance y ese “acompañar el relato de lo que quiere el chef” hay algo que siempre se ha mantenido intacto, algo que llevan en el ADN de la empresa: trabajar con materiales de calidad. “Maderas como roble, nogal, cerezo… maderas duras”. Porque los chefs “están contando historias, tiene un relato y buscan la calidez de la madera” un material que “que brinda todo eso no solamente por la forma, sino por las texturas, inclusive muchas veces hasta por el aroma”, nos cuenta Fernando.

Las necesidades de los profesionales tanto en mesa como en sala son el punto de partida de un trabajo manual, artesanal y lleno de humildad. “No pensamos ni ser más ni menos, solamente saber qué papel va a cumplir ese objeto”. Un trabajo que, con el paso del tiempo, por un lado se irá centrando cada vez más en fabricar piezas de “ediciones limitadas, más exclusivas” y por otro lado buscará “trabajar mejor con un elemento fundamental que es la sostenibilidad”.
Y nosotros desde woodiswood seguiremos atentos a esa evolución. Empezando por el siguiente episodio que te traeremos en las próximas semanas y del que no te perderás nada si te suscribes a nuestra newsletter y nos sigues en las redes sociales ( Instagram, Linkedin y Facebook).
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