Desde hace casi 15 años en Sangiovanni Lorenzo se esmeran por sacarle el máximo rendimiento a cada pieza de madera que pasa por su taller. Y puede parecer algo frío y sin alma, pero nada más lejos de la realidad.
Cuando Fernando Sangiovanni echa la vista atrás y recuerda a aquel pequeño Fernando en su Uruguay natal, vienen a su mente una gran cantidad de recuerdos relacionados con la madera. Quizá por su querencia por las artes plásticas, que puso en práctica desde bien chico, o por la capacidad de atracción que tenía sobre su atención el trabajo de los artesanos.
Esa vena artística la siguió desarrollando ya de adulto, a través de “diferentes cuadros, esculturas pequeñas… pero con el tema de la madera era como que nunca había encontrado la forma”, nos cuenta el propio Fernando. Incluso llegó a ir un paso más allá, “trabajando inclusive en una carpintería un tiempo determinado, pero era solamente lijar”. La madera era algo que le “atraía, pero no sabía cómo desarrollarlo”, hasta que una suma de circunstancias dio lugar a lo que es hoy en día Sangiovanni Lorenzo. Un proyecto artesanal en el que Fernando puede seguir dando rienda suelta a su creatividad. Al lado de unos preciosos dibujos hechos a mano por él mismo, nos cuenta, con la humildad que le caracteriza, que son fruto de su “incapacidad de trabajar con programas tecnológicos muy complicados”, aunque “también creo que eso es algo positivo en el trabajo porque brinda todo lo que es directamente la parte de emociones, la parte de calidez”.

Esos dibujos que “el cliente aprecia y valora”, se pueden convertir en objetos tangibles gracias al buen hacer de sus hijos. Para Fernando son “mis manos y mis ojos” porque “saben interpretar lo que son esas rayas” lo que para él los convierte en “los guardianes de todo este proyecto en el sentido de que valoran y saben qué es lo que se busca”. ¿Y qué se busca? Piezas especiales para lugares especiales.
Cada una de esas piezas se ubica en una de las 3 etapas de las que, tras la fabricación, se compone el proyecto. La primera es el mantenimiento de las piezas y tiene como objetivo alargar lo máximo posible la vida útil de cada utensilio. La segunda se enmarca en la transformación para dar a cada pieza una nueva vida, convirtiendo, por ejemplo, unas simples tablas, en platos y cucharas. La tercera y última, y para la que “creemos que todavía no está este mundo preparado” es el alquiler por temporada. Seguramente no pase mucho tiempo hasta que estemos escuchando hablar de esto último, y entonces volveremos a este artículo y sabremos de qué cabeza avanzada a su tiempo había salido tan genial idea.La sostenibilidad y la madera siempre están en el centro de un negocio con alma y del que resultan tanto “un catálogo con piezas que se nos ocurre en función de necesidades generales” que sacan anualmente, como piezas que responden a las necesidades concretas de una cocina. Eso sí, “tratamos de incorporar nuevos materiales” como la cerámica, las piedras o el latón. En el caso de este último, lo eligieron “por un tema de sostenibilidad”, ya que es el único metal que mantiene las características al fundirlo de nuevo, y por un tema estético.

Un sello propio que queda siempre estampado en cada pieza y que hace que chefs de todo el mundo “vienen directamente hasta aquí, hasta Santiago de Compostela concretamente a hacer un pedido determinado, tienen una idea o piensan que podemos colaborar con ellos”.
Esa colaboración se da desde la selección de las maderas. “Trabajamos con varias, un espectro no muy amplio” como roble, cerezo o nogal, nunca maderas tropicales, en función de las necesidades de cada cliente. Son maderas certificadas y, a ser posible, de proveedores locales. Lo mismo que los artesanos con los que colaboran, “siempre tratamos de que sean los más cercanos a nosotros y difundir también, en definitiva, una cultura”.
En el fondo, cada nuevo encargo es un nuevo reto en el que utilizan “diferentes técnicas, diferentes posibilidades” y en el que cada pieza es única. “Con Javier Olleros le decía que todas las cucharas no iban a ser iguales porque no era una máquina la que las hacía, sino una persona” y él le devolvió una frase que Fernando no olvidará en la vida: en la tomatera busco un tomate y sé que no todos van a ser iguales, pero identifico que es un tomate. Porque de eso se trata, de tener personalidad, carácter, alma y vida.

Una forma de pensar y de actuar que cada día abre nuevos caminos y nuevas posibilidades. Un trabajo artesanal en el que “nos tenemos que dar cuenta que no solamente tenemos un taller y trabajamos para el entorno más inmediato, sino el mundo”. Una mentalidad que asegura larga vida a la madera y de la que, en el próximo capítulo de este fascinante proyecto, nos hablará la segunda generación de artesanos.
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